Una lágrima ancestral

Son muchas de las leyendas que hablan de la creación, en todas ellas siempre reina el caos, y esta no es diferente. Sin embargo, el mundo ya había sido creado y aun así, no era todo lo perfecto que los espíritus esperaron.
Al principio de los tiempos reinaba el caos y la discordia, ya que los humanos se mataban entre sí por nada. Pero existe una gran cara que, a pesar de no tener rostro, siempre permanece vigilando desde las alturas a quienes pululan bajo su ciega mirada. Para entonces, se creía que la Luna era la cara de los Dioses, y su constante presencia los había tenido siempre atentos, temerosos de su castigo divino. Pero aprendieron a ignorarla.

La crueldad de la guerra hizo que la Luna derramase una lágrima que cayó en la tierra. Quienes la vieron caer la confundieron con una estrella y quienes husmearon más de cerca encontraron a una niña, pero no era ni una cosa ni la otra, se hacía llamar bruja y era la inocencia que el mundo había perdido. Era hija de la luna, fruto de la unión del pecado y de la misericordia.
Llegó al mundo bajo la apariencia de infante de pocos años de edad, pero estaba colmada de conocimientos como el anciano más sabio.
Recorrió el mundo con sus pies desnudos y sintió la dureza de la roca y de la tierra seca, pero le parecía más duro lo que los humanos habían derramado sobre ella bajo la forma etérea de los sentimientos y sensaciones. Con los pies en el suelo percibió el dolor y el sufrimiento de quienes eran victimas, así como la ira y la furia de quienes mataban amparados en lo que ellos llamaban justicia.
Nadie sabe qué fue lo que hizo aquella bruja con apariencia de niña, pero en ocho años logró calmar la ira del mundo y devolverla a la paz y a la armonía. Algunos dicen que lograba profundizar en las almas de las personas para rescatar el atisbo de compasión que quedaba, que cuando ocurría los ojos se tornaban húmedos y sentían dolor aunque no les provocase heridas.
Los humanos aprendieron a llorar, y con ello a la purificación del alma.

La bruja llegó a la apariencia de adolescente y la luna vio culminada su misión, pero la hija no regresó con la madre, ya sea porque no había sendero que llegara hasta ella o bien, porque como dicen, aquella bruja había conocido la  naturaleza humana y sabía que volverían a caer en la desesperación.  Ofreció algo más que su vida a aquellos seres imperfectos, ofreció todo  su ser.

Con sus pies siempre desnudos caminó hasta tierras lejanas y allí dio por finalizada su vida. Sus pies se hundieron en la tierra para estar siempre en contacto con el corazón del mundo, su piel se endureció hasta agrietarse y sus brazos se estiraron para dar cobijo a la nueva vida.
A su alrededor floreció nueva vida tras su simbólica muerte. Así fue como nació el bosque de Tarare, y que era este su verdadero nombre.

De allí provienen las brujas y todo el que se adentra encuentra siempre la paz del alma y el regocijo, como si alguien pusiera su mano en nuestro hombro cálidamente.





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